“Nunca publicarás tus libros con Penguin”

                                                                                                                             National Geographic

En agosto de 1995 viajé por primera vez a Europa. Acababa de escribir Un ramo de nomeolvides –que aparecería publicado en diciembre de ese año– y el diario El Universal me dio el tiquete para cruzar el Atlántico. Como la Universidad de la Rábida me había dado una beca para un curso de verano, organicé las cosas para permanecer un mes: los quince días del curso estudiando y explorando Andalucía, y el resto del tiempo en París y Madrid.
Siempre he medido el éxito de mis libros en términos de experiencias. A mi libro sobre García Márquez no sólo le debo ese viaje inolvidable, sino también el hecho de que ahora viva y trabaje en los Estados Unidos. Pero lo mejor de ese viaje –hace ya veintidós años– no fueron los lugares y paisajes, sino la gente que pude conocer.  En La Rábida cultivé amistades que aún perduran y compartí con Carlos Perozzo, un escritor desaforado y ahora objeto de un olvido insultante. En París logré llegar al centro del laberinto para conversar con Aurora Bernárdez en el apartamento donde vivió Julio Cortázar. En Madrid visité a Dolly Muhr, la viuda de Onetti, y –gracias a Rojas Herazo– encontré a una pareja brillante y amorosísima: los poetas Francisca Aguirre y Félix Grande.
En aquel tiempo andaba para todas partes con ejemplares de Su última palabra fue silencio (1993), mi primer libro de cuentos presentable, y me dediqué a repartirlo entre lectores que pudieran apreciarlo. Cuando volví a despedirme de Félix y Francisca, me alegraron el alma con la noticia de que lo habían leído juntos, en voz alta. También me tenían una mezcla de consejo y advertencia: “Nunca publicarás tus libros con Penguin”.
Agradecí y entendí, o creí entender, lo que me decían. Ya para entonces empezaba a tener claro que mis libros exploraban honduras, a la manera de Onetti y Rojas Herazo, y que esa literatura rara vez es popular. En aquel tiempo Penguin, la editorial dominante en el mercado norteamericano, era sinónimo de bestsellers, de traducciones y grandes tirajes. Volví de Europa sabiendo que mi historia no sería nunca como la de García Márquez.
Esta semana recibí una carta de Penguin/Random House en la que me dan la bienvenida. Los derechos de mis dos últimas novelas –Resplandor y Santa María del Diablo– pertenecen a Ediciones B, su absorción más reciente, y concluidas las gestiones ahora soy parte de la “familia”.
Confieso que ese mensaje es más lo que me preocupa que lo que me alegra. Me ha hecho recordar las palabras de Félix y Francisca, y me ha hecho sonreír con la ironía. El mundo no es lo que era. Ni Penguin es lo que era Penguin, ni otros sellos, como Alfaguara, son lo que eran cuando publicaban a Cortázar o al mismo Rojas Herazo. En el mercado del libro en español hay ahora dos emporios dedicados a absorber todo lo que tiene o tuvo mérito. Hay algo de empeño conquistador, de afán de doblar el lomo a quienes antes ofrecían resistencia. Montones de editoriales que brillaban por sí mismas (Alfaguara, Sudamericana, Taurus, Aguilar, Plaza y Janes), han sido asimiladas por ese sol hambriento que las deja convertidas en planetas fríos y deshabitados. No es de extrañar que hasta yo haya formado parte de su último bocado.
Admito que antes traté, sin éxito, de publicar con miembros de esa familia. En una ocasión tardaron tres años para responderme que no y que gracias. En otra ocasión la editora fue más sincera y me dijo que no publicaban libros que no tuvieran garantizadas ventas de más de cinco mil ejemplares. Más adelante, he recibido insinuaciones para que les envíe libros, pero he sido yo el que ha dicho que no y que gracias.
Ahora que habito en las entrañas del monstruo no incurriré en el error de afirmar que no quiero que mis libros los divulgue una empresa con los alcances de Penguin/Random House. Un escritor quiere que lo lean, que sus libros no sean olvidados. Pero, después de asomarme por las orillas a la industria editorial, he concluido que no hay en ella mucho de apetecible. La tendencia es a inflar pendejadas, a generalizar estupideces; mientras la literatura sigue tan desdeñada como cuando estaba afuera.
Es por eso que no me hago ilusiones y confío en que el vínculo sea breve. Ahora mismo cuento los días que quedan para que se venzan los contratos de mis novelas. Entonces, podré cedérselos a El Pozo, mi minúscula y autónoma empresa editorial.

Comments

  1. Muy querido Gustavo, yo celebro las dos noticias porque tarde o temprano lo bueno se impone y los buenos lectores siempre andan buscando algo que merezca ser leído. La verdad es que después de descubrirte como escritor me siento una lectora respetada, algo completamente diferente a la sensación que me quedó después de haber leído un libro ganador de un premio y por el que pague mucho dinero. Que decepción de novela, que fraude, y no diré más para que no parezca algo personal.
    Lo que más me alegra de esta noticia es saber que en algún momento los buenos lectores te descubrirán. Entonces, mientras más opciones haya de leerte mayores serán también las posibilidades de disfrutar de un buen libro.
    Solo me queda desearte muchos éxitos en ambas “familias”: Penguin y El Pozo, tu mayúscula casa editorial.

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