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Pateando al muerto

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Foto www.infobae.com


No es fácil polemizar con los muertos. Lo digo por experiencia. El vivo es el que tiene las de perder. Hace como un año o dos me vi obligado a salirle al paso a los inventos con que los chupamedias de un muerto querían exaltarlo. Viéndose un poco faltos de méritos para endilgarle, decidieron que si me enlodaban con calumnias le darían brillo al muerto. Para eso, no tuvieron reparo en lanzar ciertas acusaciones infundadas que ni el muerto se había atrevido a hacer en público. Casi siempre he procurado seguir al pie de la letra las enseñanzas de García Márquez, sobre la conveniencia de no decir ni “mú” sobre los elogios o los ataques. Pero con los chupamedias la cosa ya entraba en los terrenos de la sevicia –porque yo andaba lejos y pensaban que no me defendería–, y mis amigos empezaban a preocuparse y los menos enterados ya querían darle crédito a la terca “post-verdad”. Así que al final me vi obligado a escribir un artículo para recordarles a todos que bastaba el sim…

“Nunca publicarás tus libros con Penguin”

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National Geographic
En agosto de 1995 viajé por primera vez a Europa. Acababa de escribir Un ramo de nomeolvides –que aparecería publicado en diciembre de ese año– y el diario El Universal me dio el tiquete para cruzar el Atlántico. Como la Universidad de la Rábida me había dado una beca para un curso de verano, organicé las cosas para permanecer un mes: los quince días del curso estudiando y explorando Andalucía, y el resto del tiempo en París y Madrid. Siempre he medido el éxito de mis libros en términos de experiencias. A mi libro sobre García Márquez no sólo le debo ese viaje inolvidable, sino también el hecho de que ahora viva y trabaje en los Estados Unidos. Pero lo mejor de ese viaje –hace ya veintidós años– no fueron los lugares y paisajes, sino la gente que pude conocer.  En La Rábida cultivé amistades que aún perduran y compartí con Carlos Perozzo, un es…

Bulas de foliculario

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A Man for All Seasons (1966)

Está bien, lo confieso: me cuesta quedarme callado. En febrero pasado, cuando recibí la noticia de que el periódico Vivir en El Poblado cerraba sus puertas, fingí que la noticia no me afectaba tanto. Olvidaba que un hábito de más de veinte años (escribo columnas de opinión desde 1993) es casi imposible de eliminar. Como la zorra, dije: podré dedicarles más tiempo a los libros. Pero lo cierto es que dejar de escribir mi columna no le ha agregado minutos a mis proyectos más lentos y de largo plazo. Lo único distinto es que ahora me atraganto con los temas y me veo con frecuencia exclamando que un asunto cualquiera “daría para escribir una columna”. También incurrí en la ingenuidad de pensar que algún medio aprovecharía la oportunidad para invitarme a escribir en sus páginas. Lo siento, todavía no logró sofocar ese viejo rezago de idealismo que también alimentaba la ilusión de que algún …